domingo, 20 de enero de 2019

DISCURSO DEL MÉTODO René Descartes

          El Discurso del método, aparecido en 1637, es la primera obra publicada por Descartes. Concibió este Discurso como un prólogo a tres Ensayos científicos, Dióptrica, Meteoros y Geometría, junto con los cuales fué publicado. En este prólogo desarrollaba la idea de un método universal que haría avanzar todas las ciencias.
         El Discurso consta de seis partes, cada una dedicada a una temática diferente. La parte I nos habla de sus años de formación y de la insatisfacción que ésta le dejó en su espíritu; la parte II habla del método;  la III de la moral; la IV resume su metafísica; la V su física y su fisiología (como resumen de su obra El tratado del mundo que habia escrito anteriormente y no vió la luz); la VI es una justificación de la publicación de esta obra que aprovecha para hacer algunas consideraciones metodológicas sobre la ciencia.
    Pero lo realmente novedoso e importante de este libro es el modo en que se exponen las ideas, en tanto que se nos presentan como una autobiografía intelectual. Es una transcripción de su discurrir en el proceso de razonamiento, - la inmediatez del pensar - esa conciencia  que abrirá la modernidad hacia la configuración del sujeto.
" El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada uno piensa estar bien provisto de él...esto testimonia que la capacidad de juzgar bien y de distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que se llama el buen sentido o la razón, es naturalmente igual en todos los hombres; y así la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que los otros, sino solamente de que conducimos nuestros pensamientos por distintas vias y no consideramos las mismas cosas. Pues no se trata de tener el ingenio bueno, sino que lo principal es aplicarlo bien. Las almas más grandes son capaces de los mayores vicios, tanto como de las mayores virtudes; y los que andan muy despacio pueden avanzar mucho más, si siguen el camino recto, que los que corren pero se alejan de él. ...
 Mi intención no es, pues , enseñar aqui el método que cada uno debe seguir para conducir bien su razón, sino sólo mostrar de qué manera he procurado conducir la mia."


PEQUEÑO GRAN LIBRO

                         Descartes es el primer filósofo moderno y el menos pesado. Una nueva edición de su ‘Discurso del método’ suma a una brillante traducción las versiones francesa y latina



Descartes, visto por Sciammarella.
Descartes, visto por Sciammarella
Durante uno de mis primeros cursos como profesor universitario, asistió a mis clases un muchacho incluido en cierto programa de rehabilitación al que habían recomendado hacer algunas asignaturas de filosofía para resocializarse. Entraba en el aula con un vaso de tubo lleno de líquido y hielo en la mano y con un walkman enchufado a los oídos (algo completamente inusitado entonces); después de un rato absorto en su asiento, levantaba la mano y, para gran disgusto de sus compañeros, hacía una interpelación impertinente y rompedora que interrumpía unos minutos la explicación. Una tarde me lanzó a bocajarro esta pregunta: “¿Pero tú has leído el Discurso del método?”. Durante el instante —que me pareció eterno— en el que estuve discurriendo cómo responderle, como dicen que les sucede a los ahogados, inundaron mi memoria, como en una película, no las imágenes de mi vida, sino las de la experiencia de mi primera lectura de este texto de Descartes que desde hace siglos circula separado de los ensayos científicos a los que originalmente sirvió de prólogo y que, por su razonable tamaño, tantas veces me acompañó en autobuses y vagones de metro en el bolsillo de la chaqueta. Parece inevitable, cuando se pe­netra en sus páginas, quedarse mudo de asombro ante la sencillez y la precisión con las que este caballero, que ha hecho de la claridad y la distinción la exigencia primera de su estilo intelectual, y que está lo bastante bien educado para no presentar sus logros como doctrinas obligatorias para sus semejantes, sino como meras decisiones personales, sin más ayuda que la de su entendimiento y después de desprenderse de todas sus creencias y hábitos, de las opiniones heredadas y hasta de sus sentidos a veces engañosos, emprende una tarea para la que otros han necesitado miles de páginas tortuosas y oscuras, llenas de citas y argumentos de autoridad, y la resuelve con decisión, modestia, aparente facilidad y admirable brevedad, pero también de forma del todo concluyente.




          Como el consumado bailarín que fue, nos ahorra la ascética disciplina de su técnica mediante la discreta elegancia del movimiento de su ingenio mientras desconecta de su cuerpo, una a una, todas las terminales de su mente para después volverlas a conectar de acuerdo con un diseño corregido que le libera de los efectos secundarios de esas instituciones naturales que son las pasiones del alma. La agilidad de su sobria prosa convierte las transiciones entre la física y la teología, o entre la lógica y la matemática, que de suyo comportan saltos mortales y arriesgados desniveles, en suaves compases del mismo deslizamiento imperceptible que somete las agitaciones de la sangre al ritmo de los conceptos.
Así que creo recordar que respondí a aquel muchacho: “No, no he leído el libro, pero sí he visto la película”. No era verdad, pero hoy lo es aún menos, gracias a la magnífica edición que Pedro Lomba, que conoce como pocos al pensador francés, ha hecho de este escrito, y que tiene, además de la virtud de una cuidada traducción, la de acompañarlo por primera vez de las versiones francesa y latina del texto, que ayudan a comprender el esfuerzo de creación terminológica que hay detrás de sus páginas, y la de contener un condensado apéndice de cartas y objeciones que no puede ser más pertinente, y un prólogo tan medido, riguroso y claro como lo exige la propia obra que le sigue.
Y esta nueva lectura ha confirmado mi sospecha de que el secreto del Discurso radica en que, como en esas demostraciones matemáticas en las que se comienza con un “supongamos” aparentemente imaginario, pero se desemboca en la seguridad inconmovible de una demostración necesariamente válida, lo que empezó siendo la confesión autobiográfica de un particular se ha transformado en el retrato universal del sujeto que todos somos, y el autor se ha difuminado para que la certeza que ha puesto a nuestro alcance —y que describe las nuevas condiciones éticas y epistemológicas exigidas por la modernidad— pueda revestirse con la biografía de cada uno de sus lectores: para llegar a ser alguien hay que decir “Yo pienso”, pero esa proposición sólo abre el territorio del conocimiento a quien se reconoce como cualquiera. Que este sujeto transparente, que no es nadie y somos cada uno de nosotros, pueda además hablarnos en tono personal, contarnos su historia con voz propia y confesar que prefiere la libre investigación a todos los honores del mundo: eso es precisamente lo que de este prodigioso libro nunca dejará de conmovernos.
Quizá por poseer la jovialidad intelectual de quien no llegó a viejo, Descartes, además de ser el primer filósofo moderno, es también el menos pesado, el que siempre está intentando aligerar la gravedad de las hondas cuestiones que trata, y no le duelen prendas a la hora de abandonar sin melancolía alguna de ellas por encontrarla irresoluble o de recomendar a quienes quieren seguir sus pasos, en beneficio de su salud mental, no dedicar a la metafísica más de unas pocas horas al año. Por supuesto, el lector que avance hasta al final del Discurso encontrará motivos para reflexionar sobre las soluciones de Descartes y para discutir sus resultados —algo a lo que, por mucho que le pareciese un empleo del tiempo poco aconsejable, él siempre estuvo dispuesto—, pero del flechazo producido por la brillante naturalidad del método y su contundente sencillez es posible que no se recupere ya nunca. 







MANUEL VICENT     EL PAÍS  27 enero 2019   Artículo de opinión

 No lo dudes

Solo los muy débiles están seguros de todo, porque hay que ser muy fuertes para no estar seguros de nada.

 Si buscas la verdad y quieres salir de dudas, existe un remedio infalible. Cómprate una pistola y realiza prácticas de tiro. Cuando aciertes en el blanco, que es tu propio seso, habrás alcanzado la verdad con absoluta certeza. Existe otra solución menos dramática para demostrar que estás en posesión de la verdad: pon cara de asno cabreado, expresa tu razón con una frase corta muy ruda y úsala como arma con la mirada puesta en las estrellas. En el Discurso del método, el filósofo Descartes, afirma que al pensamiento se llega a través de la duda metódica. Dudar equivale a pensar. Y a la vez el pensamiento es la única prueba de que uno existe en realidad. Pienso, luego existo. Pero este discurso es pura falacia, porque hoy si dudas estás muerto, ya que en la opinión pública ahora mandan los fulanos que están siempre en lo cierto. El pensamiento dubitativo te lleva a emitir juicios llenos de matices, lo que te convierte en un ser moderado, equidistante y contradictorio, muy sospechoso. Ya me contarás adónde vas con esa mochila si te dedicas a la política o eres un líder de opinión. Cualquier juicio ponderado que emitas provocará insultos y desprecio como si fueras un débil mental o tonto de baba. Pese a que la duda lleva el oxígeno de la sangre hasta ese bulbo recóndito del cerebro donde reside la doble cara de la verdad, no te servirá de nada. Deberás hacer un esfuerzo sobrehumano para defender tus dudas como el último reducto de la inteligencia. En cambio, la certeza es señal de que la fe cargada de emoción ha producido una obstrucción en algún punto del fluido del pensamiento, lo que obliga a gritar desaforadamente para que la yugular siga bombeando sangre al cerebro antes de que reviente como una palpitante babosa. Solo los muy débiles están seguros de todo, porque hay que ser muy fuertes para no estar seguros de nada.

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