El Discurso consta de seis partes, cada una dedicada a una temática diferente. La parte I nos habla de sus años de formación y de la insatisfacción que ésta le dejó en su espíritu; la parte II habla del método; la III de la moral; la IV resume su metafísica; la V su física y su fisiología (como resumen de su obra El tratado del mundo que habia escrito anteriormente y no vió la luz); la VI es una justificación de la publicación de esta obra que aprovecha para hacer algunas consideraciones metodológicas sobre la ciencia.
Pero lo realmente novedoso e importante de este libro es el modo en que se exponen las ideas, en tanto que se nos presentan como una autobiografía intelectual. Es una transcripción de su discurrir en el proceso de razonamiento, - la inmediatez del pensar - esa conciencia que abrirá la modernidad hacia la configuración del sujeto.
" El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada uno piensa estar bien provisto de él...esto testimonia que la capacidad de juzgar bien y de distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que se llama el buen sentido o la razón, es naturalmente igual en todos los hombres; y así la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que los otros, sino solamente de que conducimos nuestros pensamientos por distintas vias y no consideramos las mismas cosas. Pues no se trata de tener el ingenio bueno, sino que lo principal es aplicarlo bien. Las almas más grandes son capaces de los mayores vicios, tanto como de las mayores virtudes; y los que andan muy despacio pueden avanzar mucho más, si siguen el camino recto, que los que corren pero se alejan de él. ...
Mi intención no es, pues , enseñar aqui el método que cada uno debe seguir para conducir bien su razón, sino sólo mostrar de qué manera he procurado conducir la mia."
PEQUEÑO GRAN LIBRO
Descartes
es el primer filósofo moderno y el menos pesado. Una nueva edición de su ‘Discurso del método’ suma a una brillante traducción las versiones
francesa y latina
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Descartes, visto por Sciammarella |
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Así que creo recordar que respondí a aquel muchacho: “No, no he leído
el libro, pero sí he visto la película”. No era verdad, pero hoy lo es
aún menos, gracias a la magnífica edición que Pedro Lomba,
que conoce como pocos al pensador francés, ha hecho de este escrito, y
que tiene, además de la virtud de una cuidada traducción, la de
acompañarlo por primera vez de las versiones francesa y latina del
texto, que ayudan a comprender el esfuerzo de creación terminológica que
hay detrás de sus páginas, y la de contener un condensado apéndice de
cartas y objeciones que no puede ser más pertinente, y un prólogo tan
medido, riguroso y claro como lo exige la propia obra que le sigue.
Y esta nueva lectura ha confirmado mi sospecha de que el secreto del Discurso
radica en que, como en esas demostraciones matemáticas en las que se
comienza con un “supongamos” aparentemente imaginario, pero se desemboca
en la seguridad inconmovible de una demostración necesariamente válida,
lo que empezó siendo la confesión autobiográfica de un particular se ha
transformado en el retrato universal del sujeto que todos somos, y el
autor se ha difuminado para que la certeza que ha puesto a nuestro
alcance —y que describe las nuevas condiciones éticas y epistemológicas
exigidas por la modernidad— pueda revestirse con la biografía de cada
uno de sus lectores: para llegar a ser alguien hay que decir “Yo
pienso”, pero esa proposición sólo abre el territorio del conocimiento a
quien se reconoce como cualquiera. Que este sujeto transparente, que no
es nadie y somos cada uno de nosotros, pueda además hablarnos en tono
personal, contarnos su historia con voz propia y confesar que prefiere
la libre investigación a todos los honores del mundo: eso es
precisamente lo que de este prodigioso libro nunca dejará de
conmovernos.
Quizá por poseer la jovialidad intelectual de quien no llegó a viejo,
Descartes, además de ser el primer filósofo moderno, es también el
menos pesado, el que siempre está intentando aligerar la
gravedad de las hondas cuestiones que trata, y no le duelen prendas a la
hora de abandonar sin melancolía alguna de ellas por encontrarla
irresoluble o de recomendar a quienes quieren seguir sus pasos, en
beneficio de su salud mental, no dedicar a la metafísica más de unas
pocas horas al año. Por supuesto, el lector que avance hasta al final
del Discurso encontrará motivos para reflexionar sobre las
soluciones de Descartes y para discutir sus resultados —algo a lo que,
por mucho que le pareciese un empleo del tiempo poco aconsejable, él
siempre estuvo dispuesto—, pero del flechazo producido por la brillante naturalidad del método y su contundente sencillez es posible que no se recupere ya nunca.
MANUEL VICENT EL PAÍS 27 enero 2019 Artículo de opinión
No lo dudes
Si buscas la verdad y quieres salir de dudas, existe un remedio
infalible. Cómprate una pistola y realiza prácticas de tiro. Cuando
aciertes en el blanco, que es tu propio seso, habrás alcanzado la verdad
con absoluta certeza. Existe otra solución menos dramática para
demostrar que estás en posesión de la verdad: pon cara de asno cabreado,
expresa tu razón con una frase corta muy ruda y úsala como arma con la
mirada puesta en las estrellas. En el Discurso del método, el
filósofo Descartes, afirma que al pensamiento se llega a través de la
duda metódica. Dudar equivale a pensar. Y a la vez el pensamiento es la
única prueba de que uno existe en realidad. Pienso, luego existo. Pero
este discurso es pura falacia, porque hoy si dudas estás muerto, ya que
en la opinión pública ahora mandan los fulanos que están siempre en lo
cierto. El pensamiento dubitativo te lleva a emitir juicios llenos de
matices, lo que te convierte en un ser moderado, equidistante y
contradictorio, muy sospechoso. Ya me contarás adónde vas con esa
mochila si te dedicas a la política o eres un líder de opinión.
Cualquier juicio ponderado que emitas provocará insultos y desprecio
como si fueras un débil mental o tonto de baba. Pese a que la duda lleva
el oxígeno de la sangre hasta ese bulbo recóndito del cerebro donde
reside la doble cara de la verdad, no te servirá de nada. Deberás hacer
un esfuerzo sobrehumano para defender tus dudas como el último reducto
de la inteligencia. En cambio, la certeza es señal de que la fe cargada
de emoción ha producido una obstrucción en algún punto del fluido del
pensamiento, lo que obliga a gritar desaforadamente para que la yugular
siga bombeando sangre al cerebro antes de que reviente como una
palpitante babosa. Solo los muy débiles están seguros de todo, porque
hay que ser muy fuertes para no estar seguros de nada.
MANUEL VICENT EL PAÍS 27 enero 2019 Artículo de opinión
No lo dudes
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